América Latina
Destinos latinoamericanos que están apostando por la agricultura regenerativa
En distintos rincones de América Latina, la agricultura regenerativa está cambiando la forma de cultivar, cuidando el suelo, el agua y la biodiversidad mientras se produce con visión de futuro. Acompáñenos en este recorrido y descubra destinos donde la sostenibilidad se vive en el campo, se prueba en la mesa y se aprende con historias locales.
Qué es la agricultura regenerativa y por qué gana fuerza
La agricultura regenerativa va más allá de “producir sin dañar”: busca que la tierra se recupere y gane vida con cada ciclo. Se nota en prácticas que parecen simples, pero cambian todo, mantener el suelo siempre cubierto para protegerlo del sol y la erosión, reducir al mínimo la labranza para no romper su estructura, y rotar o diversificar cultivos para que el campo no se agote y la biodiversidad vuelva a aparecer.
También gana fuerza porque responde a lo que hoy se siente en el clima y en la mesa: suelos cansados, sequías más largas y consumidores que preguntan de dónde viene lo que comen. Por eso muchos proyectos combinan pastoreo controlado para nutrir la tierra, compost y bioinsumos en lugar de químicos, y un uso muy reducido de insumos sintéticos, con resultados que se perciben en el paisaje, más polinizadores, más materia orgánica y alimentos con identidad de lugar.
Regiones andinas com projetos comunitários exemplares
En los Andes, el cultivo tiene memoria y futuro a la vez: terrazas, semillas nativas y trabajo colectivo que se sostienen generación tras generación, incluso cuando el clima aprieta. En las próximas paradas, verá cómo la agricultura regenerativa se vuelve un proyecto comunitario real, con territorios que cuidan el suelo y también la cultura que lo habita.
Peru (La Libertad y Altiplano Peruano)
Entre las sierras de La Libertad, en comunidades de Chugay, la papa se está cultivando con otra lógica: recuperar el suelo mientras se produce, con prácticas regenerativas que mezclan conocimiento local y acompañamiento técnico. El proyecto impulsado por el Centro Internacional de la Papa (CIP) junto a aliados locales fue reconocido en los Premios ProActivo 2025 y ya reporta mejoras como aumentos de productividad y una reducción marcada de la huella de carbono agrícola, un buen ejemplo de futuro que nace en parcelas pequeñas.
Más arriba, en el altiplano peruano, la resiliencia tiene nombre propio: papas nativas que aguantan altura y frío, además de granos andinos como la quinua y la kiwicha que aparecen en la mesa de mil formas. El CIP recuerda que en los Andes se cultivan miles de variedades nativas de papa, adaptadas a condiciones duras entre 3.500 y 4.200 metros, y en varias comunidades la conservación es un orgullo cotidiano, con bancos de semillas y “guardianes” que protegen esa diversidad para que no se pierda.
Bolívia (Altiplano Boliviano y Este)
En el altiplano boliviano, la regeneración se construye con paciencia y con oficio: papas que resisten heladas, suelos que se cuidan con prácticas agroecológicas y comunidades que trabajan en parcelas modelo, afinando el manejo con semillas seleccionadas y bioinsumos para que la tierra vuelva a responder sin agotarse. Un ejemplo claro es el escalamiento de innovaciones con productores de papa en zonas de altura, que pasó de una experiencia inicial con pocas familias a un trabajo ampliado con decenas de hogares, articulando apoyo técnico y decisiones tomadas en conjunto con autoridades locales.
En el este del país, el desafío cambia de paisaje y de escala: llanuras presionadas por la expansión agrícola donde la agricultura regenerativa aparece como alternativa para producir mejor sin abrir nuevas áreas. El proyecto PRIAS, impulsado por la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano con aliados, trabaja con grupos de productores en experimentos piloto sobre suelos distintos, con foco en recuperar tierras degradadas y reducir el uso de plaguicidas, con una meta de participación de 30 a 40 propiedades rurales y un potencial real de réplica.
Ecuador
En Ecuador, la agricultura regenerativa se siente en las cosas pequeñas que sostienen la vida diaria: chacras diversas en la Sierra, cultivos que respetan los ciclos del suelo y ferias agroecológicas donde la compra se vuelve un acto de confianza, con canastas de temporada, intercambio directo y recetas que pasan de mano en mano. Esa lógica está muy ligada a la soberanía alimentaria, un tema que el país ha discutido a nivel de políticas públicas y también en la calle, en mercados y circuitos alternativos donde productores y consumidores se encuentran sin intermediarios.
Detrás de ese movimiento hay organizaciones y redes que empujan desde lo local, combinando saberes indígenas y prácticas agroecológicas para recuperar biodiversidad y fortalecer la autonomía de las comunidades, con enfoques como la permacultura aplicada en eco centros rurales. Y tiene sentido que crezca: gran parte de los alimentos del país proviene de la agricultura familiar campesina y comunitaria, así que cada mejora en suelos, agua y diversidad impacta directo en la mesa y en el futuro del territorio.
Argentina (Quebrada de Humahuaca)
En la Quebrada de Humahuaca, donde el río abre un corredor entre cerros de colores, la agricultura se vive como herencia y como plan de futuro: maíces criollos, papas andinas y saberes qué pasan de mano en mano, con productores organizados en cooperativas que también te dejan probar la región en forma de harinas, pastas y recetas locales.
Y si quiere un símbolo dulce de esa resistencia, mire hacia Bárcena: el yacón, una raíz andina que se recuperó gracias al trabajo colectivo de familias que lo transforman en productos artesanales y celebraciones locales, buscando que las nuevas generaciones encuentren motivos para quedarse, cultivar y seguir haciendo agricultura regenerativa a su manera.
Prácticas clave
En campo, la agricultura regenerativa se nota en señales concretas: suelo más esponjoso, menos polvo en el aire, lombrices que vuelven a aparecer y cultivos que resisten mejor los extremos del clima. Son decisiones diarias que, sumadas, cambian el paisaje y también la forma en que una comunidad se relaciona con su territorio.
Cobertura permanente del suelo: mantenerlo siempre protegido con rastrojo, mulch o cultivos de cobertura reduce la erosión, conserva humedad y evita que el sol “cocine” la tierra en la época seca.
Rotación y asociación de cultivos: alternar especies y combinarlas en el mismo lote ayuda a equilibrar nutrientes, cortar ciclos de plagas y atraer polinizadores, además de diversificar la cosecha y el ingreso.
Menos insumos externos, más fertilidad biológica: se priorizan abonos verdes, compost, bocashi y estiércol bien manejado, buscando que el suelo alimente al cultivo sin depender de químicos.
Labranza mínima o nula: mover menos la tierra protege su estructura, cuida microorganismos y mejora la infiltración del agua, algo clave en laderas y zonas ventosas.
Manejo inteligente del agua: zanjas de infiltración, terrazas, acequias tradicionales y riego eficiente permiten retener el recurso cuando sobra y aprovecharlo cuando falta.
Integración de ganado con pastoreo controlado: el movimiento planificado de animales aporta materia orgánica y ayuda a regenerar pastizales, siempre evitando el sobrepastoreo.
Semillas nativas y biodiversidad funcional: variedades locales suelen ser más resilientes, y al mantener bordes con flores o cercos vivos se crean “corredores” para aves e insectos benéficos.
Manejo preventivo de plagas: trampas, extractos vegetales y monitoreo constante sustituyen la lógica de aplicar por rutina, con foco en equilibrio del sistema.
Trabajo comunitario y aprendizaje continuo: en muchos proyectos, los mejores resultados vienen de parcelas demostrativas, intercambio entre vecinos y acuerdos colectivos sobre prácticas y calendarios.
Cuando estas prácticas se vuelven hábito, el campo cambia de tono: más vida en el suelo, más diversidad alrededor y una producción que piensa en el futuro sin perder identidad local.
Iniciativas en el Cono Sur que unen campo e innovación
En el Cono Sur, el futuro del campo se escribe con datos, tradición y mucha observación del suelo, desde parcelas piloto hasta redes de productores que comparten lo que funciona. En las próximas paradas, verá cómo la agricultura regenerativa se conecta con innovación real y transforma paisajes productivos sin perder identidad local.
Brasil
En Brasil, la agricultura regenerativa está tomando forma con una mezcla muy propia de escala e ingenio: redes como la RIAC están impulsando el modelo de Agricultura Tropical Regenerativa para orientar políticas y decisiones privadas con base en evidencia, mientras el Mapa ya presenta acciones para ampliar estas prácticas apoyándose en crédito e instrumentos de financiamiento.
En el terreno, Embrapa trabaja con protocolos e indicadores para medir avances y reducir emisiones, y sistemas integrados como la ILPF muestran un potencial claro de captura de carbono, con registros promedio de 65 toneladas por hectárea en ocho años en eucaliptos dentro de sistemas integrados.
Para vivir ese Brasil que produce cuidando el suelo, nada mejor que una base con buen ritmo urbano: los hoteles Mercure en Brasil combinan confort contemporáneo con guiños locales, ubicaciones prácticas para moverse sin perder tiempo y una hospitalidad acogedora que ayuda a bajar revoluciones después de un día de ruta. Así, usted explora mercados, cocinas regionales y proyectos del campo con curiosidad, y vuelve a un descanso pensado para seguir descubriendo al día siguiente.
Chile
En Chile, la regeneración se entiende desde las praderas: pastoreo planificado, suelos que vuelven a respirar y una ganadería que busca producir mejor sin forzar el ecosistema. Proyectos como Manada empujan esa mirada con carne de animales alimentados 100% a pasto, criada en campos y praderas manejadas sin agroquímicos, con una propuesta que conecta salud del suelo y alimentación más consciente.
Y lo interesante es que aquí no queda en discurso: hay acompañamiento técnico para productores, con formación en Manejo Holístico, monitoreo de resultados y hasta conversación sobre certificación y bonos de carbono, porque el campo también se mide, se ajusta y se mejora temporada tras temporada. Cuando usted prueba un producto de este origen, se lleva algo más que sabor, se lleva un pedazo de paisaje bien cuidado.
Argentina
En Argentina, la regeneración se está viendo en las pampas y en campos de cría donde el pasto vuelve a ser protagonista: manejo planificado, descansos largos para las pasturas y el “efecto manada” como herramienta para que el suelo recupere estructura y vida. Genética del Este, que aplica Manejo Holístico desde 2016 en su Estancia La Emma y reporta mejoras simultáneas en carga animal, indicadores productivos y biodiversidad, una señal clara de que producir y cuidar pueden ir de la mano.
Lo interesante es cómo se mezcla tradición con innovación: monitoreo, decisiones basadas en datos y una mirada de triple impacto que ya le dio a la empresa la certificación B Corp, algo poco común en la ganadería a escala. Para el viajero curioso, este movimiento se traduce en una Argentina que se puede conocer también desde el origen de sus alimentos, con proyectos que ponen en valor el territorio y su cultura rural, sin perder de vista el futuro.
Compromiso e iniciativas Accor
Cuando uno viaja por América Latina, la sostenibilidad se vuelve tangible en detalles cotidianos, un desayuno con productos de temporada, un café con trazabilidad, una cocina que aprovecha mejor cada ingrediente. En esa lógica, Accor impulsa un modelo de alimentación más responsable que busca cuidar la tierra sin perder el placer de comer bien.
Política de alimentación sostenible (Good Food, Feels Great): una hoja de ruta para 2030 que incluye más opciones vegetarianas o plant based en los menús, recetas de menor huella y abastecimiento más cercano al lugar de consumo.
Café, té y chocolate de origen responsable: el compromiso es servirlos con certificaciones reconocidas como Rainforest Alliance, FairTrade u orgánico, o con verificación de prácticas agroecológicas.
Desayunos con identidad local: la política plantea que el desayuno incluya productos clave orgánicos o con reconocimiento por prácticas agroecológicas, además de priorizar proveedores locales y estacionalidad.
Huertas urbanas en hoteles: más de 1.000 hoteles cultivan huertas de vegetales, una forma simple y poderosa de acortar distancias, sumar frescura y reducir “food miles”.
Agroforestería que regenera ecosistemas: con Plant For the Planet, Accor apoya proyectos de agroforestería vinculados a comunidades cercanas a sus hoteles, incluso con la posibilidad de convertir puntos Rewards en árboles plantados.
Menos desperdicio, más circularidad: el objetivo es reducir el desperdicio de alimentos en un 60% para 2030, con medición, seguimiento y soluciones que ayudan a ajustar compras, porciones y formatos de buffet.
Gestión de residuos orgánicos: además de donar excedentes cuando es posible, se promueven prácticas como compostaje o digestión anaeróbica para que los restos vuelvan al ciclo como recurso.
Al final, la idea es que el viaje también se disfrute con coherencia: sabores locales, decisiones más conscientes y una hospitalidad que entiende que el futuro se cultiva, literalmente, desde la mesa.
¿Cómo pueden los visitantes apoyar las prácticas regenerativas?
Apoyar prácticas regenerativas como visitante es más fácil de lo que parece, porque empieza con decisiones pequeñas que se sienten en la mesa y en el territorio. Cuando usted elige experiencias que cuidan el suelo y la biodiversidad, no solo consume, también ayuda a sostener un modelo que devuelve vida al paisaje.
Una buena forma de acercarse es buscar fincas, ecolodges y proyectos comunitarios que abran sus puertas con visitas guiadas, talleres o recorridos de campo, donde se ve en vivo lo que significa rotar cultivos, hacer compost, manejar el pastoreo o proteger una quebrada para que el agua vuelva a infiltrarse. Pregunte por prácticas concretas, por temporadas de cosecha y por quiénes están detrás del proyecto, suele ser ahí donde aparecen las historias más auténticas.
Y, ya en la ciudad, el apoyo también cuenta: compre en ferias agroecológicas, pruebe productos de estación, elija restaurantes que trabajen con productores locales y evite el desperdicio con porciones pensadas y consumo consciente. En el fondo, el turismo regenerativo no busca “pasar sin dejar huella”, sino dejar una huella buena, la que ayuda a que el destino siga produciendo futuro.
Viaje con propósito y comodidad eligiendo los hoteles Mercure en toda la región
Viajar con propósito también puede ser simple: elegir un destino, probar sabores de temporada, conocer proyectos locales y volver con la sensación de que el viaje dejó algo bueno. Para acompañar ese ritmo, los hoteles Mercure en América Latina ofrecen una base acogedora y contemporánea, conectada con la cultura del lugar, ideal para moverse con facilidad y disfrutar la región con confort, curiosidad y autenticidad.
Y para que cada escapada le rinda más, inscríbase gratis en ALL, el programa de fidelidad de Accor: acumula puntos en sus estancias, accede a tarifas especiales y desbloquea beneficios que se sienten desde la primera reserva. Ser miembro es sumar ventajas para próximos viajes, descubrir experiencias exclusivas y convertir cada check in en una recompensa que acerca el siguiente destino.
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