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Paraguay

Paraguay con sabor y ritmo: gastronomía, música y noches inolvidables

Paraguay se disfruta con los cinco sentidos: platos con identidad, mercados que huelen a tradición, música que se cuela en las calles y noches que invitan a quedarse un rato más. Sigue esta guía y descubre dónde comer, qué probar y cómo vivir el ritmo local para que cada salida se convierta en un recuerdo que se cuenta con una sonrisa.

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Historia

 

Para entender por qué la mesa y la musica paraguaya tienen tanto carácter, vale la pena mirar el pasado con curiosidad, porque cada época dejó sabores, costumbres y ritmos que hoy siguen vivos y se sienten en cada encuentro.

 

Época precolombiana

 

Antes de que llegaran los europeos, el territorio ya tenía un pulso propio marcado por los pueblos originarios, en especial los guaraníes, con una vida organizada alrededor de los ríos, los montes y los ciclos de siembra. La mesa nacía de lo que daba la tierra y el agua: maíz, mandioca, porotos, batata, frutos silvestres, pesca generosa y caza, todo preparado con técnicas simples que cuidaban el sabor y la energía para el día.


Y la música no era un “extra”, era parte del tejido social: cantos colectivos, ritmos marcados con instrumentos simples, palmas y percusiones que acompañaban ceremonias, trabajo y celebraciones. Esa forma de narrar la vida con sonido y palabra dejó una sensibilidad que todavía se reconoce en el país, donde la lengua, la comida y el ritmo suelen caminar juntos.

 

Los instrumentos musicales precolombinos

 

En la época precolombina, la música se armaba con lo que ofrecía el entorno, y eso le daba un sonido muy terrenal: flautas y silbatos de caña o hueso para melodías agudas, sonajas hechas con semillas secas dentro de calabazas para marcar el pulso, tambores de madera ahuecada con cuero tensado para ceremonias y encuentros comunitarios.


También había instrumentos que imitaban la naturaleza, como silbatos que recordaban el canto de las aves, porque el monte era inspiración y compañía. Lo interesante es que muchos de esos objetos no eran solo “para tocar”, también tenían valor simbólico y se usaban en rituales, celebraciones de cosecha y momentos de unión, cuando el ritmo ayudaba a ordenar el tiempo y a contar historias sin necesidad de escribirlas.

 

Época colonial

 

Con la llegada de los españoles, el Paraguay colonial empezó a mezclarse en la vida diaria: Asunción se volvió un punto clave de intercambio, el ganado y la caña de azúcar ganaron terreno, y en la cocina se cruzaron ingredientes europeos con la mandioca, el maíz y los saberes guaraníes que ya estaban bien establecidos. En los patios se cocinaba a fuego lento, en las ferias circulaban hierbas, mieles y productos de río, y el guaraní siguió sonando con naturalidad, como parte de la identidad que no se negocia.


También cambió el paisaje sonoro: las campanas marcaron horarios, las celebraciones sumaron cantos religiosos y las cuerdas empezaron a aparecer en reuniones y ceremonias, con melodías que se aprendían de oído y se adaptaban al gusto local. Esa combinación de oficio, música y comunidad fue preparando el terreno para un capítulo decisivo, donde la cultura guaraní y la tradición europea se encontrarían de una manera muy particular.

 

Las misiones jesuíticas guaraníes

 

En las misiones jesuíticas guaraníes, la vida se organizaba con una precisión sorprendente y, al mismo tiempo, con un sentido de comunidad muy vivo: había talleres de carpintería y luthería, huertas, oficios y un calendario marcado por celebraciones donde la música era protagonista. Los guaraníes no solo incorporaron cantos y técnicas europeas, también forjaron una práctica propia de coros y orquestas, con instrumentos de cuerda y viento hechos en el lugar, un legado que hoy muchos conectan con el cancionero paraguayo por su manera de unir memoria, lengua y ritmo en una misma identidad.

 

Época independiente del Paraguay

 

Con la independencia, Paraguay empezó a mirarse a sí mismo con una ambición nueva: ordenar el país, cuidar sus fronteras y fortalecer una identidad que ya venía mezclando guaraní, español y costumbres propias. En las plazas y en las casas, la conversación se movía entre el trabajo del día y el orgullo de lo recién conquistado, mientras la música seguía siendo un lenguaje cotidiano, cantada en familia y en reuniones, con letras que hablaban de tierra, afectos y pertenencia.


Ese clima también abrió el camino para decisiones de gobierno que marcarían el ritmo de la vida pública y privada, desde una organización más estricta del Estado hasta proyectos que apuntaron a modernizar el país. Lo interesante es cómo, en medio de esos cambios, la cultura no se quedó atrás: se fue afinando, ganando espacios y preparando un terreno fértil para una etapa de fuerte impulso material y creativo.

 

El gobierno de Francia

 

Bajo el gobierno de José Gaspar Rodríguez de Francia, el país se cerró sobre sí mismo para afirmarse: autoridad central fuerte, control de la élite local y una vida pública vigilada que buscaba evitar influencias externas. En Asunción se sentía en los ritmos cotidianos, menos ostentación, más sobriedad y una idea clara de autosuficiencia que marcó desde el comercio hasta la organización del territorio.


Esa etapa también dejó huella en lo doméstico: con menos novedades llegadas de fuera, la creatividad se volcó puertas adentro, en la mesa, en el trabajo artesanal y en reuniones discretas donde la música seguía viva, más cercana y de casa. Puede sonar contradictorio, pero en ese silencio controlado se fue consolidando una identidad que luego encontraría nuevas formas de expandirse.

 

El progreso cultural y material de los López

 

Después del silencio austero de Francia, con los López el país abrió ventanas y dejó entrar ideas, oficios y un aire más urbano que se notaba en las reuniones sociales. La música ganó presencia en salones y celebraciones, con guitarras y arpas que se lucían en polcas y galopas, y con una curiosidad creciente por nuevos repertorios que convivían con lo popular.


Ese impulso también se sintió en la cocina, porque con más movimiento y más intercambio la mesa se volvió un espacio de encuentro aún más marcado. Entre recetas tradicionales a base de maíz y mandioca y toques llegados de fuera, las comidas empezaron a acompañar una vida cultural más activa, como si cada plato y cada canción celebraran la misma idea: Paraguay podía mirar hacia adelante sin perder su raíz.

 

Siglo XIX

 

Tras el impulso de los López, el siglo XIX consolidó una vida cultural más visible, con tertulias, bailes y encuentros donde la guitarra y el arpa empezaron a sonar como sello propio, tanto en salones como en patios. Y mientras la ciudad se movía al ritmo del río y de los mercados, la cocina seguía anclada en lo esencial, maíz y mandioca convertidos en clásicos de mesa como la chipa, el mbejú y la sopa paraguaya, platos que se comparten casi sin protocolo.


Luego llegaron años duros que cambiaron el tono del país, y esa transformación también se escuchó y se comió: canciones más sentidas, celebraciones más íntimas, una manera de reunirse que ponía la comunidad en el centro. En tiempos de reconstrucción, la cultura se sostuvo con gestos cotidianos, una melodía conocida al caer la tarde, una ronda de mate o tereré, una receta repetida con cariño, como si cada nota y cada bocado ayudaran a volver a empezar.

 

Siglo XX

 

Con ese siglo XIX todavía resonando en el imaginario, el siglo XX trajo nuevas formas de escuchar y de encontrarse: la radio hizo compañía en casas y negocios, los bailes se multiplicaron y la musica paraguaya viajó con más facilidad entre barrios y ciudades. La polca y la guarania se volvieron parte del ADN sonoro, una para celebrar con energía, otra para cantar con el corazón en la mano, y ambas convivieron con influencias que llegaban de afuera sin borrar lo propio.


En la mesa, la tradición siguió firme, pero se volvió más urbana y callejera: puestos, cantinas, panaderías y mercados donde la chipa aparece a cualquier hora, el tereré marca el calor del día y las recetas de siempre se adaptan al ritmo moderno. Esa mezcla de costumbre y reinvención es la que hoy se siente en Paraguay, un país que sabe moverse, comer y cantar con una identidad clara, pero siempre abierta a sumar un matiz más.

 

Música tradicional y su presencia en la vida cotidiana

 

En Paraguay, la musica paraguaya no se guarda para “ocasiones especiales”, se cuela en lo cotidiano con una naturalidad deliciosa: suena en una reunión familiar, en una serenata improvisada, en un festival de barrio y hasta en la radio de una tienda mientras alguien prepara tereré. Hay canciones que se aprenden casi sin darse cuenta, porque pasan de generación en generación como una receta bien cuidada, y cada quien les pone su propio acento, a veces alegre, a veces nostálgico.


Los instrumentos paraguayos también cuentan esa historia sin palabras: el arpa marca un brillo inconfundible, la guitarra acompaña con calidez y la percusión suma pulso cuando el ambiente pide movimiento. Lo bonito es cómo conviven en espacios distintos, desde escenarios hasta patios sencillos, y siempre con la misma idea de fondo: la música no es un adorno, es una forma de estar juntos.

 

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Sabores que definen la mesa paraguaya

 

La mesa paraguaya tiene una personalidad clara y reconfortante: maíz y mandioca aparecen como base, el queso fresco entra con alegría y el horno se vuelve protagonista para reunir a todos alrededor de algo recién hecho. En cualquier recorrido, la chipa te acompaña como un clásico que nunca falla, el mbejú conquista con su crocancia y su aroma a queso, y la sopa paraguaya sorprende por su nombre, porque es sólida, dorada y perfecta para compartir.


Y lo mejor es que estos sabores no viven solo en restaurantes, están en mercados, panaderías y casas donde cada familia defiende su versión con orgullo. Entre tereré para el calor, guisos que calman el día y un gusto especial por lo casero, la gastronomía paraguaya se siente cercana y auténtica, como si cada bocado contara una historia que todavía se está escribiendo.

 

Ingredientes fundamentales

 

En Paraguay, los ingredientes hablan antes que el menú: están en la calle, en el mercado, en la panadería de barrio y en la mesa familiar donde siempre hay algo para compartir. Son productos sencillos, pero con una identidad tan fuerte que basta reconocerlos para entender el sabor del país.

  • Maíz (choclo): el corazón de preparaciones emblemáticas como la sopa paraguaya y el chipá guazú, y también de la kaguyjy, una mazamorra que recuerda que aquí lo casero tiene historia y paciencia.

  • Mandioca (yuca): reina por su versatilidad, y su almidón es clave para lograr la textura del mbejú y la elasticidad inconfundible del chipá.

  • Queso Paraguay: fresco, suave y con ese punto salado justo, entra en recetas saladas como un invitado fijo que siempre mejora el resultado.

  • Carnes: desde el asado que reúne amigos hasta empanadas bien rellenas y platos de cuchara como el locro, una tradición que alimenta y acompaña.

  • Maní (cacahuete): aparece en preparaciones dulces y postres con un sabor tostado que le da personalidad a lo simple.

Con estos básicos, Paraguay arma una gastronomía directa y memorable, donde cada bocado tiene raíz, carácter y un ritmo propio que se disfruta sin apuro.

 

Platos icónicos

 

En Paraguay, los platos icónicos no se piden solo por hambre, se eligen por historia, por costumbre y por ese sabor que vuelve una y otra vez. Muchos nacen de la combinación perfecta entre maíz, mandioca y queso, con recetas que cambian un poco según la casa, pero nunca pierden su esencia.

  • Sopa paraguaya: pese al nombre, es un pastel salado y dorado, con harina de maíz, queso, leche y cebolla, ideal para acompañar carnes o para brillar por sí solo.

  • Chipá: panecillos de almidón de mandioca con queso y huevo, infaltables en el desayuno y perfectos para llevar, porque se disfrutan calientes o a temperatura ambiente.

  • Mbejú: una tortilla de almidón de mandioca con queso y leche, crocante por fuera y suave por dentro, la clase de bocado que desaparece rápido cuando hay mesa compartida.

  • Chipa guazú: un pastel grande de choclo fresco, jugoso y aromático, con esa sensación casera que se siente desde el primer corte.

  • Vorí vorí: sopa que reconforta, con bolitas de harina de maíz y queso, y un fondo enriquecido con carne para días en los que el cuerpo pide algo más.

  • Jopará: guiso de porotos, locro y verduras que muchos asocian con buena fortuna, un plato que abraza la idea de abundancia sin exceso.

Si quieres una forma rápida de entender el país, prueba uno de estos clásicos y escucha lo que pasa alrededor: siempre hay una historia servida junto al plato.

 

Bebidas y postres

 

En Paraguay, las bebidas y los postres tienen una virtud irresistible: refrescan, reconfortan y siempre llegan con un gesto de hospitalidad. Son parte del ritmo del día, desde el calor de la tarde hasta el cierre dulce después de una comida bien compartida.

  • Tereré: infusión fría de yerba mate, casi un ritual nacional, servida en guampa y compartida con calma, con hierbas aromáticas que cambian según la temporada y el gusto de cada quien.

  • Cocido quemado: mate cocido con un toque tostado y dulce, a veces caramelizado, perfecto para una pausa tranquila cuando el día pide algo cálido.

  • Dulces tradicionales: postres con frutas como mamón y guayaba, además de clásicos con dulce de leche que hacen que lo simple se sienta especial.

Si quieres llevarte un recuerdo auténtico, prueba estas delicias sin prisa: aquí el sabor se disfruta tanto como la conversación.

 

Dónde alojarse

 

Si tu ruta de sabor y ritmo te lleva por la zona de la Triple Frontera, elegir bien el descanso hace toda la diferencia, sobre todo cuando el plan incluye cenas largas, música en vivo y días intensos de paseo. Desde ahí, moverte con calma y volver a un lugar cómodo te ayuda a disfrutar más de cada salida.


En ese contexto, el Mercure Iguazu Hotel Iru es una gran elección para combinar naturaleza y confort, con habitaciones amplias, camas grandes, aire acondicionado y wifi gratuito, además de un restaurante con desayunos variados y opciones regionales e internacionales para almuerzo y cena. Su piscina con bar en un entorno selvático, la estadía gratuita para niños de hasta 12 años en la habitación de los padres y las experiencias con guía por la Selva de Iryapú con visitas a comunidades indígenas suman un plus que encaja perfecto con un viaje que busca cultura, gastronomía y noches memorables.

 

Espacios nocturnos con ambiente local

 

Cuando cae la noche, Paraguay cambia de textura: las calles se llenan de conversación, los bares bajan la luz y la música toma el mando sin pedir permiso. En Asunción, por ejemplo, la salida suele empezar con calma, con una mesa compartida y un brindis sencillo, y luego se va soltando entre ritmos tradicionales, pop latino y guiños de rock, según el lugar y la hora.


Si buscas ambiente local de verdad, sigue el sonido y el movimiento: hay peñas donde el arpa y la guitarra se lucen, espacios con DJs para bailar sin complicarte y patios donde la gente se queda charlando hasta tarde con tereré o tragos frescos. Lo mejor es que muchas noches se arman “en vivo”, con artistas que aparecen sin anuncio y canciones que todos conocen, como si la ciudad te invitara a participar y no solo a mirar.

 

Festivales y encuentros culturales imperdibles

 

Si quieres sentir Paraguay como lo vive la gente, sigue la pista de sus festivales y encuentros, porque allí la musica paraguaya se mezcla con arte, tradición y sabores locales en un calendario que siempre guarda una sorpresa.

 

Festivales de música y arte

 

En Paraguay, los festivales se viven con cercanía: se llega temprano, se prueba algo rico entre escenario y escenario y se termina la noche hablando de la última canción como si fuera una anécdota personal. Si quieres sumar arte al itinerario, estos encuentros son una puerta directa al pulso local.

  • Asunciónico (Asunción): el gran punto de encuentro pop y urbano del país, con música, arte y gastronomía en formato de festival grande, ideal para quien quiere ver en una misma salida lo local y lo internacional.

  • Festival Mundial del Arpa (Asunción): una cita imprescindible para escuchar de cerca el instrumento más emblemático del país, con noches de conciertos y actividades que celebran la tradición del arpa paraguaya con invitados de distintos lugares.

  • Cosquín Rock Paraguay (San Bernardino): una fecha que enciende el verano con una grilla potente y un anfiteatro que le suma épica a la experiencia, perfecto si tu plan nocturno pide guitarras, energía y canto a coro.

  • Festival de la Juventud (Minga Guazú): un encuentro pensado para celebrar con música, arte y actividades recreativas, con ese ambiente de interior donde todo se siente más cercano y el público se apropia del evento.

  • Festivales de cine (Asunción y Alto Paraná): una alternativa elegante para sumar cultura a la agenda, con funciones, estrenos y programación que invita a descubrir miradas nuevas más allá del circuito comercial.

El mejor consejo de local es simple: revisa la agenda cultural apenas llegues y deja una noche “libre”, porque en Paraguay siempre aparece un plan que vale la pena.

 

Tradiciones religiosas y culturales

 

La fe y la cultura aquí se viven en movimiento, con cantos, comida compartida y calles que se vuelven escenario sin pedir permiso. Si te gusta viajar con curiosidad, estas fechas y celebraciones te muestran el país desde adentro, con emoción real y detalles que no se aprenden leyendo de lejos.

  • Día de la Virgen de Caacupé (8 de diciembre): la gran peregrinación del calendario, con miles de personas llegando a Caacupé para vivir misas, procesiones y un clima de devoción que transforma la ciudad.

  • Semana Santa en Tañarandy (San Ignacio Guazú): un Viernes Santo de estética única, con arte popular y representaciones que convierten el recorrido en una experiencia profundamente sensorial.

  • Fiestas de San Juan (San Juan Ára): fuego, juegos tradicionales y comida típica en versión barrio, con el tipo de alegría que se contagia y se queda en la memoria.

  • Fiesta del Tujú (Nueva Londres): una celebración tan singular como divertida, donde el barro se vuelve parte del ritual, con música, comunidad y un ambiente de patronales vivido a pleno.

  • Festival de la Chastaka Roseña (Santa Rosa de Lima, Misiones): un encuentro gastronómico que busca revalorizar una preparación tradicional y la identidad local, ideal para quienes viajan con el paladar como brújula.

Un tip de local: deja una noche o una tarde “sin plan” en el itinerario, porque cuando hay fiesta patronal o celebración cultural, siempre aparece algo que vale más que cualquier lista.

 

Eventos gastronómicos y populares

 

Cuando el calendario se pone popular, la mejor guía es el olfato: humo de asado, dulce recién hecho y ferias donde la gente compra, prueba y conversa como si se conocieran de toda la vida. Estos eventos mezclan artesanía, comida y celebración, y son una excusa perfecta para viajar con el paladar al frente.

  • Festival del Poncho Para’i de 60 Listas (Piribebuy): una fiesta donde el textil se vuelve protagonista, con shows, feria y orgullo artesanal alrededor de una técnica reconocida por la Unesco, ideal para ver cómo tradición y fiesta conviven en la misma noche.

  • Festival del Licor (Fulgencio Yegros, Caazapá): una celebración con identidad propia, conocida por reunir bebidas tradicionales, gastronomía artesanal y música, con ambiente de plaza y ganas de brindar sin apuro.

  • Expo Frutas (La Colmena, Paraguarí): feria nacida en 2011 que celebra la producción frutícola local y la herencia de la inmigración japonesa, con puestos de frutas, miel, jugos, postres y comida paraguayo japonesa, perfecta para un plan diurno con sabor a campo y encuentro.

Un tip de local: llega con hambre y con tiempo, porque en estos eventos lo mejor no es solo lo que pruebas, también es lo que descubres conversando puesto por puesto.

 

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Selva Iryapu S N, Predio 600 Has, MISIONES

3370 PUERTO IGUAZU

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